Presumimos de libertad, empoderamiento y bienestar, sin embargo en consulta observo, detrás de maravillosas sonrisas y aparente seguridad, muchas mujeres con traumas invisibles, con pensamientos que se han formado poco a poco por experiencias vividas.
La discriminación no siempre aparece como un evento único y decisivo, a veces es una sucesión de ellos: comentarios sobre el cuerpo, dudas sobre la competencia profesional, juicios sobre la maternidad, críticas a la productividad, exigencia de una presencia constante, invalidación…
Ser constantemente invalidada genera no solo un malestar consciente sino la presencia de cierta sintomatología como: hipervigilancia continua, autoexigencia desmedida, sensación de insuficiencia recurrente, culpa por descansar o poner límites…
Desde una mirada profesional centrada en el trauma, percibo en la práctica diaria cómo la discriminación hacia la mujer no solo limita oportunidades externas sino que también moldea mundos internos. En ocasiones, la autoexigencia extrema es entendida como una respuesta adaptativa a las exigencias de la sociedad: siempre perfecta, siempre disponible, siempre silenciosa… hay que ser felices sin melemstar a nadie.
No hablo de exigirse menos sino de exigirse con sentido, con calma, con cariño… sanar la herida que te hizo creer que solo siendo perfecta mereces respeto. La herida de no ser nunca bastante.
Este proceso implica aceptar la imperfección; no es resignarse, no es conformarse; es ACEPTAR que la vida no es perfecta, que nadie lo es. No basemos nuestra vida en la búsqueda de la admiración, en la aprobación externa, en la productividad extrema sino en el amor por una misma, en construir una identidad basada en el valor propio. No hablo de egoísmo, hablo de quererse, de darse valor sin dejar de querer y aceptar a los que nos rodean. Esa es la felicidad. Porque ninguna mujer debería tener que ser perfecta para sentirse orgullosa de sí misma.
Cuando buscamos la perfección generamos un estado de activación mental y fisiológico y el error se traduce en una supuesta insuficiencia cuando debe ser una oportunidad de aprendizaje. Este mensaje se convierte en nuestra propia voz, una voz interna que critica, compara, exige, desvaloriza, desgasta, agota.
Muchas mujeres temen la desaprobación del juicio externo y se convierten en sus propias juezas, buscando sin descanso esa perfección inalcanzable. Inalcanzable por el simple hecho de su inexistencia.
Aparece la búsqueda constante de expectativas contradictorias, porque así se lo exige la sociedad a la mujer exitosa: ser valiente pero sumisa, independiente pero dependiente, profesional pero cuidadora total, segura pero no intimidante, cariñosa pero no en exceso, atractiva pero sin llamar la atención.
Una mujer con una identidad fragmentada, una parte autoexigente sin medida que intenta alcanzar metas impuestas, mientras otra vive agotada y avergonzada por no conseguir lo imposible.
Esta autoexigencia crónica tiene consecuencias, no pasa desapercibida, aquí es donde aparece la ansiedad persistente, el síndrome de la impostora, los trastornos del estado de ánimo, los trastornos del sueño, las somatizaciones… y podríamos continuar con una larga lista de consecuencias que generan un profundo malestar en la persona.
Cuando nos centramos en la autoexigencia sentimos que nunca es suficiente y descansar nos genera culpa. ¿Cuántas veces describimos un momento de descanso como: «no he hecho nada, he perdido el tiempo»? Descansar es hacer algo, es cuidar la mente, es cuidar el cuerpo, es esencial e imprescindible dedicarnos tiempo a nosotras mismas. Esta idea equivocada del descanso está basada en el valor del «hacer», la autoexigencia de ser productiva cada uno de los segundos de nuestro día.
Es crucial ser consciente de que la necesidad de perfección no proviene del ego ni del exceso de ambición, cuando nos adentramos en nosotras mismas observamos una historia de discriminación y evaluación constante.
Pero seamos positivas, el trabajo terapéutico no busca eliminar la motivación a superarse a sí misma, a mejorar cada día; busca cambiar aquello que duele, que frustra, que nos impide disfrutar la vida. El objetivo de la terapia es diferenciar entre aspiración saludable y perfeccionismo excesivo e irrealista.
«El perfeccionismo no es un deseo de hacerlo bien, es un miedo a no ser suficiente.» Brené Brown
Empecemos por desarrollar la autocompasión, no te juzgues duramente, obsérvate con dulzura, entiende tu historia y traza tu camino con sentido, con determinación pero con respeto hacia ti misma. Ya tienes VALOR por el simple hecho de ser TÚ.
Artículo publicado en: https://antetodomagazine.com/3d-flip-book/antetodo-magazine-numero-31/

